Mundo Chick Lit

5 situaciones chicklit que le podrían pasar a cualquiera

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Sin ni siquiera saberlo, desde que tengo memoria, podría haber sido una protagonista de una novela chicklit. Mi vida ha estado llena de situaciones chicklit, y no solo de adulta. Es que ya de niña era para echarme de comer aparte.

La primera de las situaciones chicklit

Siendo yo pequeña era bastante frecuente que me dejaran de vez en cuando en casa de mi abuela. A veces a mi sola, a veces con mis hermanas o con mis primos. El caso es que, sola o acompañada, no había idea buena que se me ocurriera. Bueno, y si se me ocurría alguna buena enseguida la descartaba y ganaba la idea mala. Ahora me quejo de MiniP, pero a pifias desde luego no me gana.

Mi abuela vivía en un bloque de pisos de muchas plantas, pero como fueron de protección oficial, conocía a las vecinas de cuando vivían en lo que llamaban «las casitas». El caso es que conocía a las vecinas de toda la vida, se llevaban bien, y que eran vecinas «de las de antes». Se sabían las vidas de cada una porque todas las mañanas destinaban un ratito a hablar en el descansillo.

Mi abuela siempre dejaba la puerta entornada, y además se guardaba las llaves en el bolsillo por si se le cerraba. Y yo, aburrida, a veces entraba y a veces salía. Ahora me encanta charlotear, pero en aquella edad (unos diez u once años) el parloteo de mi abuela con sus vecinas me parecía horrible.

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Cadena para que no entren cacos… o para dejar fuera a mi abuela

Para entretenerme me valía cualquier cosa. Y aquel día en concreto tuve la peor idea que se me pudo ocurrir. Me reté a mi misma a ver si podía echar la cadena desde fuera. Lo malo es que lo conseguí. ¿Por qué lo malo? Porque cuando intenté quitarla no tuve tanto éxito. Si la cadena continuaba echada no podríamos entrar en casa, y lo que era peor, si mi abuela se enteraba me iba a caer una buena, que no olvidemos que estábamos en la década de los ochenta. La crianza del diálogo y llevar a la niña rarita que no se le ocurre otra cosa que echar la cadena de la puerta desde fuera al psicólogo para preguntarle qué sentía no se llevaba. Lo que se llevaba era un sopapo y gritos de «es que no sé en qué estás pensando, me vas a llevar a la tumba, etc». El drama total versión abuela, claro.

Pero en las situaciones chicklit siempre se gana

No desistí. Mi abuela seguía a la charla con las vecinas y no se percató de mi súbita palidez ni de que tenía la mano metida en el hueco ínfimo que dejaba abrir la puerta. Agarraba la pesita que cerraba la cadena con la punta de los dedos e intentaba deslizarla hacia fuera. Cuando ya me veía más que condenada, lo conseguí. Casi ni me lo creí. Justo en el momento que abrí la puerta mi abuela se volvió hacia mí:

—¿Qué haces?

—Nada.

—Anda, tira para dentro. Que no dais más que disgustos.

Obedecí sin protestar y creo que no se me escuchó en el resto del día. Acaba de superar la primera de lo que serían muchas situaciones chicklit, antes incluso de que se hubiera inventado el género.

Después de esa vinieron más situaciones chicklit

Cuando te das cuenta de que tu vida podría ser una novela chicklit, si te fijas, te vas dando cuenta de muchas situaciones que podrían estar contadas en un libro. Fue por eso que comencé mi serie de Mamá en Apuros, porque de verdad es que no sabía si yo estaba en el top ten de las torpes del mundo o que me pasaban cosas para contarlas. Luego aproveché la coyuntura de tener creado el hábito de contar cosas de mi vida desde el punto de vista del humor y lo utilicé para contar mi tratamiento contra el cáncer. (El resultado fue el libro Mamá en Apuros contra el cáncer)

Por suerte me he dado cuenta de que no soy la única a la que le suceden estas cosas. Sí, que será mezquino, pero nuestro refranero popular dice que mal de muchos consuelo de tontos y no podría tener más razón. Porque me siento menos sola cuando amigas me cuentan experiencias suyas que podrían haberle pasado a cualquier protagonista de una novela de Sophie Kinsella, por ejemplo.

5 situaciones chicklit que podrían pasarle a cualquiera

Aquí traigo cinco situaciones chicklit que podrían haberle pasado a cualquiera. De hecho, no todas me sucedieron a mí (que sigo estando en el top ten pero no estoy sola).

Cómo ir al gimnasio y no morir en el intento

Si eres una persona normal, y no piensas que tu vida bien podría estar contada en una novela humorística, para ti ir al gimnasio debe ser una situación de lo más anodina: vas, haces lo que tengas que hacer en las máquinas que correspondan, sudas, te duchas y vuelves a casa.

Pero yo no soy una persona normal. Por lo que, para mí, ir al gimnasio es una cuestión de vida o muerte, tal como conté aquí. No me podía imaginar que caminar por una cinta que se mueve fuera a ser tan complicado. Por suerte salí viva y con algo de orgullo intacto: no he vuelto a pisar el gimnasio.

Chocar contra una puerta de cristal

Este no lo he contado en ningún sitio, porque ya se preocupa Papá en Apuros de contarlo en cada reunión social. A él le parece hilarante, a mí, no tanto. Acabábamos de mudarnos a nuestro piso, comprado de segunda mano, y estábamos limpiando porque, la verdad, lo dejaron bastante guarro. Papá en Apuros andaba por las habitaciones y yo en la cocina. De repente le escucho:

—¿Dónde estaban las bombillas?

—¡En la terraza! —contesté yo, a voces. Aunque, pese a lo que pueda parecer, mi casa no es muy grande, pero estábamos cada uno en una punta—. ¡Ya voy yo!

Solícita y gilipollas de mí, dejé mi trapo de limpiar y me encaminé con toda mi seguridad hacia la terraza, que estaba en el comedor, a cuatro metros en línea recta desde donde me encontraba. Con la luz de frente y sin dudar un instante, hasta que escuché el golpe y luego sentí el dolor: la puerta de cristal estaba cerrada y me la había comido de lleno. Un detalle que a Papá en Apuros le encanta añadir es que eran unas puertas tan nuevas que aún tenían pegados los corchos de fábrica, los que ponen para que no se golpeen entre sí.

En lugar de ayudarme, se estuvo cachondeando de mí tres horas. Y ahora, diecisiete años después, lo sigue haciendo. Eso sí, yo me he vengado porque incluimos la terraza en el comedor y tiré con gusto las puertas al punto limpio. Que una es vengativa pero ecológica.

Dificultades con la cafetera en un apartahotel

Esta es mi particular venganza por la historia de la puerta de la terraza.

Nos fuimos de vacaciones a Tenerife y nos alojamos en un apartahotel monísimo que acaban de reformar. Una habitación con dos camas queen size, un baño precioso, un comedor con cocina americana y una terraza espectacular. La cocina estaba en un solo frente, y tenía la pared perpendicular pintada de blanco. Este punto es importante.

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Si la cafetera hubiera sido como esta no habríamos tenido problemas

Como era Tenerife, no nos llevamos útiles de cocina. Normalmente viajamos con la cafetera Dolce Gusto, pero claro, no la íbamos a cargar en la maleta para que llegara en a saber qué condiciones. Pero había cafetera de goteo en la cocina, así que sin problema. Excepto por un pequeño detalle.

Yo estaba dispuesta a comprar filtros, pero Papá en Apuros dijo que no hacía falta, que él era hombre de mundo y a falta de filtros siempre había usado papel de cocina. Yo le dije que no me parecía buena idea, pero como he viajado menos, no me escuchó.

El primer día que nos levantamos allí me desperté gracias a un olor a café muy intenso. Me levanté casi flotando, como en los dibujos animados, para llevarme la gran decepción: no había café. Pero sí había una pequeña mancha oscura —apenas se notaba, las cosas como son— en la parte de pared blanca. Después me fijé en que la cafetera estaba dentro de la pila. Miré a Papá en Apuros y le pregunté.

Tal como me había dicho que iba a hacer, puso un papel de cocina a modo de filtro en la cafetera. Pero lo que pasó a continuación no se lo esperaba nadie: el filtro no filtraba a la velocidad necesaria y se empezó a salir el agua por el depósito en lugar de por donde debía. Para no manchar la encimera, Papá en Apuros fue empujando muy despacio, arrastrándola por la superficie, la cafetera con la intención de meterla en la pila. Pero no se percató de que en la incrustación de la pila había un reborde, donde se atascó la cafetera y volcó de lado. Salpicó la pared blanca de café, el suelo y la mano de Papá en Apuros.

Para cuando yo me levanté la mancha de la pared estaba casi borrada porque le había estado dando con la esponja del estropajo, y fue repitiendo la operación poco a poco durante toda la semana para que no nos cobraran la fianza. Además, Papá en Apuros jura y perjura que comprará filtros las veces que haga falta. Aunque en el resto del tiempo que estuvimos allí lo que hicimos fue desayunar fuera.

Prestar un vestido y sufrir por si te lo manchan de sangre falsa

Hace poco mi hermana participó en un evento de juegos de mesa en el que había que ir disfrazado. También había premio para el mejor disfraz. Necesitaba un vestido para su personaje, y yo, como buena hermana, le presté uno mío. Uno nuevo que apenas había usado dos veces. El problema es que debía mancharse de sangre para adecuarse a las características del personaje. Pero era sangre falsa y solo debía ir encima de un delantal que protegía al vestido. No sé por qué me dio por bromear sobre si iba a calar al vestido y fue como invocar a la bestia.

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El vestido en observación por si le quedaba mancha

La historia completa te la he contado aquí, aunque si te soy sincera creo que no he sabido plasmar lo suficientemente bien la angustia que sufrimos tanto mi hermana como yo con la mancha de la sangre.

Caerse al salir de la ducha

Caerse en la ducha puede ser una cosa terrible, pero a veces, solo a veces, puede causar hilaridad. Sobre todo si no eres tú misma quien está en el suelo. Esta escena de la novela me la inspiró un suceso de la vida real. Nos ocurrió a mi hermana pequeña y a mí, pero no voy a desvelar cuál de las dos se cayó al suelo y cuál fue la que al ir a ayudarla a levantarse, no pudo reprimir la risa.

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La caída no fue así de glamurosa, pero el conjunto es clavadito

Después de eso, mi hermana me dijo: «esta situación le podría haber pasado a Valentina». Y así fue cómo fue a parar esta escena en Valentina o como ser feliz sin magdalenas.

Podría contarte la anécdota, pero mira, casi prefiero compartirte el fragmento de la novela, a ver si te gusta.

Al salir de la ducha, escuchó que alguien entraba en casa, y voces. Parecía que su madre hablaba con la vecina. Sin terminar de secarse, y aún envuelta con la toalla, se asomó a las escaleras para escuchar sin ser vista. Pudo comprobar que sí, que era su madre hablando con la madre de Berta. No había tardado mucho su compañera en quejarse, y las noticias volaban.

Retrocedió despacio, intentando no hacer ruido. La casa no era muy grande, pero era muy vieja y le sonaban las tablas de madera con las que estaba construida como a un anciano le suenan los huesos al levantarse. Casi había llegado a la habitación cuando le falló el apoyo del pie derecho, y cayó todo lo larga que era al suelo. Dio con la parte de atrás de la cabeza, y ni siquiera la toalla que llevaba de turbante, para absorber la humedad del pelo, la libró del dolor.

Desde abajo llegó un pequeño grito, y sonaron pasos por la escalera.

—¡Pero hija! ¡Qué haces ahí tirada!

—Nada, mamá, descansando… —Valentina no pudo evitar la ironía.

—¿Te has caído?

—Sí, mamá, me he caído…

«¿Acaso no es evidente?», pensó para sí. Se lo ahorró a su madre con gran esfuerzo.

—Siempre has sido muy torpe, Valentina.

—Mamá, ¿te estás riendo? —observó, aún desde el suelo. Y molesta.

—No —Se le escapó un bufido.

—Mamá, no es gracioso. Me he hecho daño.

—Ya lo sé, cielo. —Esta vez fue una carcajada—. Anda, levanta.

Valentina se sentó. Se miró a sí misma con los ojos de su madre. Envuelta en una toalla, con otra en la cabeza, y tirada en el suelo. No había sangre, solo unas pocas lágrimas de vergüenza llenaban sus ojos. Y de repente le vio la gracia a la situación. Comenzó a reírse poco a poco, primero una mezcla de llanto y risa, luego ya risa sin más. Hacía mucho tiempo que no reía con su madre. Esta le tendió la mano y la ayudó a levantarse, pero casi se caen las dos sobre la cama, un apoyo en el último momento impidió el derrumbe, lo que provocó más risas.

—Anda, sécate y baja, que vas a coger frío. —le dijo, tras un rato, su madre, y bajó las escaleras enjugándose las lágrimas que tanta hilaridad habían causado.

Valentina, por una vez, obedeció sin rechistar. Y más tarde, ya en la cama, se dio cuenta de que no le había dicho nada sobre el tema de Berta. Aún después de haber confirmado que hablaba con su madre cuando se cayó por ser mala espía. Suspiró, sonrió al recordar la escena de la caída y se durmió.

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Y tú, ¿has vivido alguna situación digna de salir en una novela chicklit? ¡Cuéntamelo en los comentarios!

Espero que te haya gustado el fragmento de mi novela Valentina o como ser feliz sin magdalenas, que saldrá en breve en preventa. Si no te quieres perder la fecha y otras novedades que comparto en exclusiva, te puedes suscribir a mi newsletter. Además, estoy preparando una guía con 50 novelas chicklit para que no te quedes nunca sin lectura. ¿La quieres? Pues apúntate aquí abajo, es así de fácil.

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7 thoughts on “5 situaciones chicklit que le podrían pasar a cualquiera”

  1. Está no es una situación chiklit, propiamente dicha (eso creo), es, más bien de esas de “no hay güevos”.
    Cuando era pequeña (tú lo sabes bien), había una casa en obras en mí misma calle, tenía dos plantas y una tarde, después de irse los obreros,les dije a mis amigos,”a qué no os atrevéis a tiraros desde el último piso?”y ni cortos,ni perezosos, subimos todos a tirarnos, cuando llegamos arriba dijeron todos,”ésto está muy alto,yo me bajo”, pero, claro ahí se trataba de “tener güevos”y a eso no me ganaba nadie,les dije,”cómo queráis, pero yo no voy a bajar por donde he subido,os veo abajo”y me tiré al montón de tierra, que estaba abajo,debo decir que esa no fue la única vez que me tiré y qué la última vez, adivina?, sí, la ultima vez me hice una fisura en el codo y me pusieron mí primera escayola, tú juzga sí es chiklit,o no, deseando que llegue el cuatro de abril, para tener tú novela, té quiero mucho cielo, espero todas las semanas,con ganas, leer tus historias 😍😍😍😘😘😘😘

    1. Jajajaja. Lo primero, aclaro: lo sé bien porque me lo has contado más veces, porque evidentemente yo no estaba allí. Lo segundo, solo voy a decir que los genes son los genes.
      Un beso, ma. Yo también te quiero.

  2. Lo de las puertas de cristal tienen mucho peligro jajaja alguna vez casi me dejo estampada la nariz… Que vergüenza, aunque bueno, una vez en plan patosa total, por saludar a una amiga, me comí un árbol, pero tal cual, menudo chichón 😂😂😂 todo muy sensual si, las cosas se hacen con estilo o no se hacen jajajaja

    1. Ya te digo, un peligro brutal… ¡Pero un árbol se ve! Aunque yo me comí un balcón en un barrio en el que estaban a muy mala altura. Parece mentira porque fue el barrio donde me crié de pequeña, pero me despisté, y antes de que pudiera subir la vista me choqué: casi me rompo la nariz.
      Bueno, no pasa nada, algún día las personas torpes como yo heredaremos la tierra. O nos darán un cetro y se nos caerá y se hará trocitos… Nunca se sabe… Jajajaja

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