Mamá en Apuros

Mamá en apuros: mamografía

Mamá en apuros superar el cáncer

Después de todo lo que he pasado, me derivaron al ginecólogo, y este vio oportuno incluirme dentro del protocolo de criba para prevención de todo tipo de cáncer, por lo que me mandó unas pruebas. Una de ellas fue la mamografía.

La llamada

 

Mi vida sigue su curso, y a veces creo que no he aprendido nada, porque le meto al cuerpo el mismo machaque que antes, aunque ahora tengo mucho menos aguante. Llegué a casa un día del trabajo, milagrosamente pronto. Dejé las cosas y me dispuse a preparar la comida antes de ir al cole a por la peque. Me estaba preparando para salir de casa cuando sonó el teléfono.

Lo cogí, fastidiada por la hora. Una voz de mujer pregunta por mi y me dice que llama del hospital para darme la cita de la mamografía. Yo encantada. Hasta que me dijo cuándo. Se lo hice repetir:

—Sería para hoy a las cuatro y media.

—Avisan con tiempo, ¿eh?

—¿Va a poder ir? —No tenía sentido del humor.

—Sí, sí. Cuatro y media. Claro.

Buscando soluciones

Colgué y en mi cabeza empecé a hacer cábalas mentales. Mi condición de mamá en apuros se ve agravada por el hecho de que mi suegro ya no puede conducir, y mi madre se había partido los dos dedos meñiques (¿cómo era lo de la astilla y el palo?) de las manos, con lo que también había quedado inutilizada. Siempre podía llevarme a MiniP conmigo, tampoco sería la primera vez, pero es que luego tenía extraescolar y no quería que la perdiera.

Tenía un cartucho en la manga, y era hablar con la mamá de MiniC. La pillo un segundo de pasada en el cole porque ella va a trabajar, y tenía que calcular bien para pillarla. Estaba encajado al milímetro: a las cuatro cuando saliera ella del trabajo le dejaba a la peque para que la llevara a la extraescolar, y luego (esperaba) la recogería yo a la salida.

Accedió, por supuesto. Qué sería de mí sin ella…

Al hospital

Comimos tranquilas, pero sin pausa. Desde las dos a las cuatro hay dos horas, pero parecen mucho menos cuando vas descontando el tiempo que tardas desde que llegas del cole, el que pierdes quitando los abrigos, calentando la comida, poniendo la mesa… Que se van juntando minutos y se van de la mano por la puerta, y cuando te quieres dar cuenta tienes que salir de casa y aún no has masticado el filete.

Por suerte nos dio tiempo a comer sin necesidad de ponerle la fruta a MiniP en un bocadillo para llevar, y salimos de casa a tiempo. Al coche, parada para dejarla con la mamá de MiniC a la salida de su trabajo y para el hospital.

Llevaba en la mochila un libro. Una vez dejé a la peque mi nivel de tensión disminuyó, y ya me imaginaba en la sala de espera leyendo tranquilamente hasta que me llamaran. Entré, me quité el abrigo, que calienta mucho pero abulta demasiado, me senté en mi silla con el papel que había sacado de la máquina (ahora el hospital parece la carnicería, cuando llegas tienes que meter la tarjeta sanitaria para que te de el número), y saqué mi libro.

En la sala de espera

Vibró mi móvil.

El grupo de WhatsApp de la familia. Que qué tal voy. Que si he entrado ya. Contesto y sigo con el libro.

Pero me acuerdo que no he puesto nada hoy en Twitter y necesito que la gente sepa que existo. Abro Twitter, escribo algo, miro el timeline. Me regaño a mí misma por no estar leyendo, que es lo que me apetece. Vuelvo al libro.

Miro la pantalla donde se supone que va a salir mi número. Está en blanco. Me parece evidente que algo ha debido de fallar a nivel informático. Pues no sé cómo me van a llamar. Bueno, ya lo harán. Voy a leer un poco.

Llegan unos señores, una pareja más mayor que yo, y se sientan cerca. Empiezan a hablar:

—Pues en la pantalla no sale nada —dice ella.

—A ver, qué número tienes tú. ¿Cuál es el número? ¿Cómo sabes que eres tú? ¿Y tu nombre no sale? —Él es un mar de dudas.

—No sé, creo que no sale el nombre. Tiene que salir en esa pantalla —señala el monitor que hay colgado, que sigue en blanco—. Pero ahí no hay nada. ¿Habrán llamado ya?

Cierro el libro y lo guardo. Ni me puedo concentrar ni será tan interesante como la conversación que gira sobre sí misma que tiene la pareja de al lado. Al fondo se abre una puerta, se escuchan murmullos, una enfermera se queja. Suenan los pitidos que normalmente señalan un nuevo número en la pantalla, pero seguimos en blanco. La enfermera sale y mira hacia el plasma.

—Es que no salen… Pfff —vuelve a entrar y sale de nuevo con papeles en las manos—. Pues lo siento mucho —dice, alzando la voz—, pero voy a tener que llamar por sus nombres.

Y el primero que dice es el mío. Me levanto como un resorte y voy hacia ella. Se la ve agobiada, espero que no lo pague conmigo. He de reconocer que voy un poco nerviosa porque es mi primera mamografía y no tiene muy buena fama. Además, llamándome con tan poco tiempo de atención ni siquiera me han dado tiempo para hacerme a la idea.

La mamografía

mamografía

Pero los nervios de la enfermera son solo una impresión mía. En cuanto cruzamos la puerta el agobio se esfuma y entra en juego su diligencia. Me pide que me desnude y que pase a la habitación contigua, donde está el aparato con el que se hacen las mamografías.

Me planto en la habitación con los pechos al aire y me encuentro con dos enfermeras que me colocan, me dirigen y me tratan con mucho mimo, pero con las manos heladas. Tengo que apoyar un pecho en un metacrilato, y colocar el brazo agarrando un asidero. Me advierten que es molesto pero que tardarán poco. Cuando han quedado conformes con la disposición de mi pecho, hacen bajar una placa que lo que hace es apretar. Hacen un sándwich con mi teta, yo retengo la respiración porque duele, y en secreto rezo todo lo que sé para que no me explote como si fuera un grano. En mi cabeza tengo la imagen de mi ante el espejo, apretando con dos dedos un grano de esos de la adolescencia, los que salen sin cabeza, que duelen, pero que acaban por salpicar su contenido blanco contra el espejo.

Soy masoca, lo sé.

Esta imagen, junto con la presión y la impresión de que mis pechos podrían explotar por el pezón, la tuve otras tres veces más. Fueron dos fotografías por cada uno, y como en la policía, de frente y de perfil. Suspiré aliviada cuando se terminó, y antes de ponerme el sujetador, comprobé que no había perdido un gramo de sustancia.

Otra vez a esperar

La enfermera me dijo que esperara un poco fuera, que las imágenes las vería una doctora y que a veces, si veían algo que no quedaba claro, volvíamos a entrar para que nos hicieran una ecografía.

Me senté de nuevo en la sala de espera, aunque esta vez no saqué el libro, me puse directamente con el móvil. Le conté a mi madre, que como ella ya había pasado por ello, cómo había sido mi experiencia. Puede que insinuara que si esto se lo tiene que hacer un hombre en sus partes ya inventarían otro método menos doloroso. Porque dura poco tiempo, pero qué sufrimiento.

A los dos minutos se abrió una puerta y una doctora me llamó. Me levanté de un salto y me dejé el color de la cara en el asiento. El corazón me bombeó fuerte. No podía ser que me llamaran, no podía tener tan mala suerte. Según crucé la puerta le pregunté a la dotora:

—¿Está todo bien? ¿Ha visto algo?

Ella se hubiera reído si no la hubiera cogido por las solapas… Venga, tan solo imaginé que la cogía por las solapas de la bata y la zarandeaba. A veces los doctores no se dan cuenta de que nos asustamos si quieren volver a ver algo «para asegurarse». Eso en nuestras cabezas suena a tumor.

—No, está todo normal. Pero como es la primera quería hacerte un estudio más en profundidad —Ahogué un grito cuando me echó el gel y empezó a pasarme el mango del ecógrafo por el pecho—. Uy, tienes mucho tejido graso.

¡Y encima me llama gorda! Tengo tejido graso, sí, porque retengo líquidos. Y porque soy de huesos fuertes. Y porque las hormonas me han traicionado. ¡Y no, no tiene nada que ver con que coma bollos y chucherías!

Todo correcto, de nuevo a la vida normal

Después de diez minutos de explorar mis grasosos pechos, guardó el ecógrafo y me dio papel para limpiarme. Me vestí y ya salí con la tranquilidad de saber que no había nada raro escondido dentro de mi organismo. Miré la hora: no había tardado, en total, más de treinta minutos.

Me volví para casa justo a tiempo de tomar mi café habitual con la mamá de MiniC, disfrutando de nuestra compañía sin las peques de por medio.

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