Mamá en apuros: cómo ir al gimnasio y no morir en el intento

Mamá en apuros

He leído muchísimas novelas de chicklit y en pocas de ellas las protagonistas son divas de gimnasio, o para el caso,  que hagan algo de deporte. Lo normal es que sean alérgicas a ello. Eso sí, muchas de ellas pagan la cuota anual, aunque ni sepan dónde está situado el gimnasio.

Por eso yo, que me considero mi propia protagonista de chicklit, soy un rara avis. Aunque, pensándolo bien, tampoco tanto. Me aficioné a correr hace algunos años, pero he mantenido una relación bastante inestable con el deporte. Porque en cuanto me cambian las rutinas lo primero que se va fuera de mi vida es el deporte, aunque cada día tengo más claro lo necesario que es para mi cuerpo.

Los antecedentes

Como ya sabéis si me habéis seguido desde mi otro blog, o habéis leído Mamá en apuros contra el cáncer, mi libro benéfico, hace un año estaba pasando por el tratamiento para vencer a Voldemort: quimio y radio a tope que me dejaron bastante echa polvo. Pero lo superé, y mi cuerpo agradeció que saliera a andar casi todos los días. De hecho llegué hasta poder correr media hora en otoño del año pasado.

Pero, ¿qué pasó? Pues que empecé de nuevo a trabajar. Me sentía a tope, pero no lo estaba. El trabajo supuso un horario rígido, algunos quebraderos de cabeza, y mi rutina voló por los aires. Me había acostumbrado a salir por las mañanas, y ahora tenía que salir por las tardes, pero llegaba tan cansada que no era capaz.

Y llegó la lluvia

Para rematar, hemos tenido el invierno y la primavera más lluviosa de los últimos años. La memoria es caprichosa, estoy de acuerdo, y mis neuronas se fueron de vacaciones cuando me conectaron la quimio, pero no recuerdo haber vivido nunca tantos días de lluvia seguidos.

Lluvia_sin_gimnasio
Con las botas de agua no se puede correr bien

El problema es que no soy tan aficionada a correr como para salir un día en que el cielo se abre y un señor con barba está construyendo un arca en la esquina de tu casa. Alguna vez me ha pillado desprevenida y he vuelto a casa empapada por no saber calcular bien la rapidez con la que se acercaba la nube negra por el horizonte, pero si está ya lloviendo no salgo de casa. ¿Y si encojo en agua fría? Prefiero no arriesgarme.

Plan B: chica de gimnasio

Viendo que tantos días de inmovilidad me estaban pasando factura, decidí un plan B: ir al gimnasio. No para hacerme socia. Sé, porque ya me ha pasado, que pagaría la mensualidad para ir dos días sueltos al mes, y por error. Pero hay un gimnasio cerca de mi casa que admite pases diarios y me lié la locura a la cabeza cual toalla y allí que me fui.

Pesas-de-gimnasio

Aparecí como Paco Martínez Soria por la ciudad: perdida y desubicada. Entré en el espacio sagrado en el que todo el mundo viste de licra pegada al cuerpo, y observé lo que me parecían máquinas de tortura modernas: llenas de pesas y cuerdas en las que algunas personas, hombres y mujeres, trajinaban poniendo cara de esfuerzo. Que digo yo: si cuesta tanto no puede ser bueno. Pasé de largo y me dirigí directamente a las cintas de correr. Había como siete y todas ellas ocupadas… ¡Maldición!

Tendría que esperar o… ¡espera un momento! Había elípticas libres. Podría hacer media hora de elíptica y cuando se quedara una cinta de correr libre ir a por ella. Total, no había probado aún ninguna de las dos máquinas… Sí, lo sé, soy una adulta que no sabe lo que es andar sobre una cinta eléctrica… Muy triste.

En apuros también en el gimnasio

Me subí a la elíptica. No funcionaba. Pulsé varias teclas al azar. Tampoco. Miré a mi alrededor: todas las personas que allí estaban parecían saber perfectamente qué estaban haciendo: estaban concentrados en su ejercicio con sus auriculares puestos. Me invadió la vergüenza y no quise molestar a nadie para que me ayudara. Por suerte el gimnasio tiene monitores, de modo que me acerqué a uno de ellos y le pedí ayuda. Me la brindó sin hacerme sentir aún más inepta para el mundo del ejercicio.

Comencé a dar zancadas en la elíptica. Para quien no lo sepa, es como una bicicleta estática, pero en la que estás de pie y cuando pedaleas hace un movimiento elíptico que es el que le da el nombre. Es muy parecido a correr, pero sin dañar las rodillas. Me gustó, al menos los primeros veinte minutos. Después de eso se me empezaron a dormir las plantas de los pies creando una curiosa forma de sufrimiento.

Aguanté media hora, escuchando música. Se me hizo más corto de lo que esperaba, recordaba las sesiones en casa de bicicleta estática, cuando la tenía, que me ponía una película y aún así se me hacía eterno. Me alegra comprobar que he evolucionado desde entonces.

Más apuros en la cinta

Cuando terminé aún seguían las cintas de correr ocupadas. Todas, menos una. La única libre era la mecánica, pero esa la descarté porque me dijeron que era lo más parecido al infierno. La cinta se mueve por la tracción de la zancada, es decir, la mueves tú. Y mira, no. Había pagado mi entrada al gimnasio para que el suelo se moviera bajo mis pies con iniciativa propia.

Fui a la zona de esterillas a estirar un poco, y en eso estaba cuando vi una cinta libre. En mi cabeza me levanté a la velocidad de la luz y me coloqué en la cinta, pero mi realidad se parecía bien poco. Debido a la radio en la zona pélvica se me han quedado las caderas un poco tocadas, y levantarme del suelo no es algo ni tan sencillo ni tan rápido como lo solía ser antes. Pero no tiene nada que ver con la edad, que ya os veo venir.

cintas-de-correr-de-gimnasio

Por suerte, y a pesar de la cámara lenta, llegué a la cinta libre la primera. Después de pasar media hora sobre el artilugio la verdad es que no entiendo por qué están tan solicitadas. Me subí, y seguí más o menos los pasos que me había indicado el monitor para encender la elíptica. Deduje que debía ser algo parecido y acerté. No quería quedar de nuevo como una inepta. Observé a mi alrededor: la verdad es que la máquina está súper equipada: una barra para colgar la toalla, un espacio para dejar cosas (el móvil, por ejemplo), un hueco redondo específico para la botella, y a ambos lados, unos asideros. Que pensé yo para mí: ¿para qué, si corriendo vas moviendo los brazos? Pues para algo son, como pude comprobar.

Empecé a andar. Qué sensación más extraña, por favor. Como no me quería quedar sin morro a la primera de cambio empecé con una velocidad suave. Pero la cinta iba más despacio que mi zancada y a cada momento me veía empujada contra el panel de la máquina. Lo subí. Poco a poco. La cinta comenzó a correr bajo mis pies y me vi obligada a trotar. No pasa nada, a eso había ido. Mirada al frente, que para eso están todas las cintas mirando a un ventanal enorme. Lo malo es que delante de mí solo había un seto mal podado. Aburrido.

De vez en cuando miraba hacia abajo, para estar segura de que mis pies iban por dónde debían, o quizá porque mi cerebro aún no había asimilado que no estaba avanzando pese a estar corriendo. No sé si porque era el suelo el que se movía y no yo, por las vistas míseras de un seto salvaje, o por las miradas que de vez en cuando echaba hacia abajo, me empecé a marear. Una mano se me fue sola al asidero. Me vino bien. Mira para qué querían asideros.

Seguí trotando, intentando imaginar que estaba al aire libre. Pero mi cabeza no colaboraba y el mareo no se había ido del todo. Me agarraba y me soltaba de vez en cuando. Observaba a mi alrededor, pero las personas que estaban en las cintas no parecían notar nada raro. A mi izquierda una señora caminaba más rápido de lo que yo corría, y a mi izquierda un chico corría como jamás he corrido yo. Ambos miraban al frente y no se agarraban a la máquina. Yo quería ser como ellos.

Momento chicklit en la cinta de correr

Pero claro, soy una mujer adulta que jamás se había subido a una cinta de correr. Solté las manos y las balanceé al lado de mi cuerpo, tal como hago cuando corro al aire libre. El amago de sonrisa que estaba esbozando se congeló en mi cara cuando empecé a notar que la vertical estaba inclinándose sospechosamente. Tanteé con las manos los asideros, esperando encontrarlos pero sin tenerlo muy claro. Fue cosa de milímetros, pero esta vez me salvé. Me agarré con fuerza a la máquina y miré el trozo de suelo donde habría ido a parar si se me llegan a resbalar las manos. Es probable que físicamente no hubiera sido muy grave, pero me habría hecho mucho daño en la vergüenza.

 

Terminé la media hora caminando, por no arriesgar innecesariamente mi integridad, y bajé de la máquina, despacio. Cuando era pequeña solía patinar y me fascinaba la sensación que te queda cuando te quitas los patines después de un buen rato: parecía que aún los seguías llevando. Pues cuando me bajé de la cinta de correr me pasó algo parecido: mi mente, a la que le había costado un triunfo asimilar que el suelo se movía, ahora se negaba a admitir que no lo hacía. Tardé como tres segundos en ponerme en marcha, mirando hacia los lados porque tenía la sensación de que todo el mundo en ese gimnasio me observaba, juzgándome, y cuando lo hice fue con pasos cortos y pequeños. Prefería parecer idiota que estamparme contra el suelo. Me senté en la esterilla a hacer como que estiraba mientras se me pasaba el mareo, recogí mis cosas y me fui.

Fue la primera, y última vez, que he probado una cinta de correr.

Pilar G. Cortés

View posts by Pilar G. Cortés
Mamá, lectora compulsiva, escritora, superviviente de cáncer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Scroll to top