Mamá en Apuros: Con tiempo de sobra

Esto me pasó en la primera revisión que tuve. Hace poco he tenido ya la segunda revisión, y mira, me da igual dar cien mil vueltas, que si me van a decir lo estupenda que estoy habrá merecido la pena.
Pero como ya he dicho, esto fue cuando tenía que ir a ver al de radioterapia por primera vez tras el tratamiento. Había visto ya a la oncóloga, que me había dicho que estaba todo genial, pero el de la radio también tenía que verme. Además, como es ginecólogo me iba a ver como es debido, encima del potro de tortura y bajo la sábana.
Lo tenía todo calculado. La consulta de radioterapia la tengo en la Princesa porque mi hospital de referencia no tiene servicio de radio. Pero sin problema: me iba a ir en transporte público. Había pedido la imagen en CD de mi resonancia magnética porque la primera vez que vi al doctor no funcionaba bien el servicio interno que ellos tienen y no lo pudo ver. Me adelanté, lo solicité con tiempo y, aunque se me había olvidado ir a por ello, tenía tiempo de pasar por el hospital, así aprovechaba el viaje para coger el metro en la parada del centro hospitalario, ya que donde vivo no hay.
Fui hasta allí. Contenta. Encontré aparcamiento bastante lejos, pero sin problema, tenía tiempo. Además, el pelo me había quedado genial ese día. Y ya sabía que estaba bien, por lo que el doctor no tendría nada malo que decirme. La vida me sonreía y además iba con tiempo de sobra. Llevaba lectura para el metro, y por si llegaba muy pronto y me aburría de leer (cuando estoy nerviosa no soy capaz de concentrarme) también llevaba el ganchillo. 
Corre, corre, corre
Antes de llegar a la puerta del hospital me encontré con una amiga y estuve un poco hablando con ella. Había ido a dejar a su padre al tratamiento y se iba corriendo al trabajo. Ella llevaba prisa, yo no. Le sonreí cuando se iba y sacudí la cabeza. Había olvidado lo que era vivir así, a la carrera: corriendo a por los niños (ella tiene dos), corriendo al hospital a dejar a tus padres, corriendo de vuelta para hacer la comida… Corriendo, corriendo, corriendo. Después de casi ocho meses de baja y de haber tenido cero fuerzas, ya no sabía lo que era el estrés. Y ese día aún menos, que había salido con tiempo de sobra.
Llegué al hospital. Muchísima gente esperando para que la atendieran en el mostrador. Me puse a la cola, saqué mi libro y me puse a leer. Tenía tiempo de sobra. Estar esperando en el mostrador me quitaría tiempo de ganchillo, pero así adelantaba con la lectura. Todo controlado.
Leía, pero un picor incómodo se me despertó en la base del cerebro. Un tic. Como un pequeño aguijón pinchándome una y otra vez. Tic. Tic. Tic. Levanté la vista y miré la cola, apenas habíamos avanzado nada. Bueno, no pasaba nada, seguíamos teniendo tiempo. Tic. Tic. Tic.
Volví a levantar la vista. Una persona se había ido con su trámite hecho. La cola avanzó. Busqué en el bolso el papel que tenía que entregar, lo puse debajo del libro. Y seguí leyendo. Pero incómoda. Tic, tic, tic, el aguijón seguía. Vale, prepararía todo lo que necesitaba para que me entregaran el disco con la resonancia…
Mierda. Mierda, mierda y cien veces mierda.
El tic se disipó, y lo sustituyó una sensación de apremio como no la había sentido hacía mucho tiempo. Miré el bolso, saqué las cinco millones de cosas que tenía dentro y no encontré lo que buscaba. 
Mierda.
Me había dejado el monedero en casa. Y ya no es que no tuviera el DNI que necesitaba para que me entregaran el CD de la resonancia, es que no tenía ni un duro para coger el transporte público para ir al hospital. Me entraron ganas de llorar. Con lo orgullosa que me había sentido por tener todo controlado, por haber ido con adelanto suficiente como para no ponerme nerviosa, ahora resultaba que tenía que volver a casa a por el monedero y ya no tendría margen de maniobra.
Salí casi corriendo del hospital a buscar mi coche. Casi iba jurando en un idioma que solo conocía la niña del exorcista, me sentía tan idiota que necesitaba contárselo a alguien. Llamé a mi marido.
—Soy gilipollas —le dije nada más contestó.
—¿Y eso?
Empezábamos bien. La respuesta correcta tendría que haber sido «no, cariño, eres genial, una diosa y tú nunca te equivocas, son los demás los que no hacen las cosas bien. ¿Que se te ha olvidado el monedero? Culpa del monedero que se salió del bolso…». Pero no. Me dijo «y eso».
Le conté la película.
—Bueno… No pasa nada…
¿¡Que no pasa nada!? ¿¡Que no pasa nada!? 
—¡Claro que pasa! Ahora tengo que ir a casa, subir corriendo y bajar corriendo a coger el bus a ver si tengo suerte y pasa a su hora, para ir a Avenida América. Con lo que odio coger el autobús.
—Pero llegarás a tiempo.
—¡Pero no podré leer ni hacer ganchillo ni nada!
—Haz ganchillo en el autobús.
—Sí, claro, voy a sacar el ganchillo en el bus para que luego tenga que guardarlo y pegue un frenazo y se me escape la aguja y se la clave en un ojo al conductor —puede rebotar en el cristal y darle— y que tengamos un accidente y salgamos en los periódicos.
Armas mortales en potencia
Papá en Apuros me dio por imposible. Creo que la escena dantesca del conductor atravesado por mi aguja de ganchillo y el resto de pasajeros muertos y desmembrados en el asfalto de la A2 no le terminó de convencer.
—Sube a casa, coge el monedero y ve al bus. Seguro que llegas bien.
No hice rally porque aún me duraba algo (solo algo) de la paz mental con la que me había levantado, pero tampoco mantuve la calma. A esas horas no había tráfico, por lo que tardé diez minutos en aparcar cerca de mi casa. Bajé del coche corriendo, subí corriendo tres pisos, cogí el monedero, bebí agua, fui al baño y bajé de nuevo los tres pisos para llegar corriendo a la parada. Usé el viejo truco según el cual, dependiendo de cuanta gente haya esperando el bus, así tardará, para estipular que no tardaría mucho, pero aun así me dediqué a pasear marquesina arriba, marquesina abajo, mirando el reloj y el final de la calle alternativamente.
El autobús tardó cinco minutos en llegar. Los más largos de mi vida. Una señora, con un hijo adolescente me miraba ya con ganas de asesinarme cuando por fin lo vimos aparecer. Ella suspiró, porque yo al final dejé de moverme. Yo suspiré porque en verdad vi peligrar mi integridad. Y porque por fin llegaba el bus. Pero llegaría tarde a la consulta. ¿Cómo se pudo torcer todo por un simple monedero?
El viaje en bus fue un infierno. Por suerte no hubo atasco, que ya lo que me hubiera faltado. Pero odio el autobús. Traquetea, hace calor, tiene demasiadas paradas. Y encima, me acabo mareando. Lo llevo bien los primeros diez kilómetros, más o menos. Luego ya me empiezan a subir los calores, siento un nudo en el estómago y me quiero bajar a toda costa. Pero no podía, porque me supondría llegar aún más tarde. 
Casi paso por encima de tres cabezas cuando por fin paró en destino. Salí a la calle buscando aire como si acabara de atravesar el desierto, me abrí las chaquetas, me quité la bufanda. Pero aún tenía un paseo de diez minutos, y llegaba tarde. Ni la música consiguió distraerme. Pero con el mareo no fui capaz de correr, de modo que me puse en modo andarín y un, dos, un dos, me planté en La Princesa cinco minutos más tarde de la hora a la que tenía cita. 
Llegué como un elefante a una cacharrería, me quité el bolso, la bufanda, el abrigo. Abrí el agua y bebí ansiosa. Notaba los mofletes al rojo vivo. Me senté, y supiré. Miré a mi derecha, al paciente que conocía de vista porque nos habíamos dado la radio en las mismas fechas. 
—¿Qué hora va?
—Yo tengo en punto y aún no me han llamado.
—Ah, vale.
Siempre me pasa igual. Corriendo, corriendo, corriendo. Y luego resulta que tengo que esperar.
Me eché hacia atrás en el asiento, y con la mente demasiado agitada como para leer, me puse a mandar mensajes con mi hermana.
«Soy gilipollas», le puse.
«¿Y eso?», contestó.
¿En serio?
Por cierto: la revisión fue genial. De Voldemort no queda ni una célula a la que enterrar.

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Pilar G. Cortés

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Mamá, lectora compulsiva, escritora, superviviente de cáncer.

2 Comments

  1. Mayte Gomez
    16 febrero, 2018

    Pero si a ti nunca se te olvida el monedero…. 😝😝😝😝😝😝

    Responder
  2. Margari
    16 febrero, 2018

    Lo primero, ole, ole y ole!!!A la porra Voldemort!
    Y lo segundo, lo que me he reído con tu escena del ganchillo y el bus. Mira que eres exagerada! Después dicen de los andaluces… Anda que… Y te confieso una cosa. Soy de las que cuando me dicen "soy gilipollas", contesto "¿y eso?". Quizás no debiera, pero es lo que me sale…
    Besotes!!!

    Responder

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