Mamá en Apuros

Loca por las compras: la historia chicklit de un vestido prestado

No soy una loca por las compras, como lo es por ejemplo Becky Bloomwood. Aunque sí que tengo cosas en común con ella, la obsesión por comprar ropa nueva no es una de ellas. Ni de gastar más de lo que tengo, ni de usar la visa. De hecho no tengo ninguna tarjeta de crédito. Pero ese es otro tema.

Como digo, no soy una loca por las compras… de ropa. No me lleves a una librería, y si tiene sección de papelería mejor ni lo intentes. Soy capaz de agotar la paciencia de cualquiera. Pero, aunque no soy Becky y no suelo seguir las modas, de vez en cuando sí que me entra el gusanillo por la ropa.

No soy una loca de las compras hasta que me vuelvo una loca de las compras.

Se tienen que alinear los astros, eso sí. Debo estar de buen humor, y que mi habitual montaña rusa emocional esté en lo alto: es cuando me miro al espejo y me veo guapa. No tiene que ver con los kilos, sino con lo que hay dentro de mi cabeza. De esto ya os contaré cosas más adelante porque mi novela trate de algo así.

Los astros se alinearon de forma positiva hace un par de meses la última vez. Tenía una semana de vacaciones y unas amigas querían ir a comprar algo. Me fui con ellas con la intención de mirar unas mallas, algo cómodo y que me sirviera, ya que me veía bien en el espejo pero mi ropa había encogido en el armario. Desayunamos y nos fuimos a un centro comercial, en el mejor momento: recién abierto por la mañana un día entre diario. (Odio profundamente las multitudes).

Loca por las compras

Si yo no quería comprar nada

Cuando era joven (esa afirmación es cierta pero aún así duele), los días de fiesta más salvajes eran aquellos que no tenías intención de salir mucho rato. «Voy, me tomo una, y me vuelvo a casa, que además mañana tengo que madrugar». Y, sin saber muy bien cómo, te tomaste una detrás de otra y no es que madrugaras, es que no llegaste a dormir.

Como ahora soy mayor  vintage (auch), eso me pasa pero con las compras. Ese día iba con intención de no comprar nada, como mucho unos vaqueros o unas mallas. Algo de abajo para ponerme con un jersey. Y los compré, muy baratos, en el Primark. Fue lo primero.

Luego fuimos al Kiabi y allí había dos faldas en rebajas que eran tan monas y me quedaban tan bien que fue imposible no cogerlos. Además también me llevé un vestido que no me terminaba de convencer pero que mis amigas afirmaron que me quedaba divino. Y son amigas muy sinceras, que si algo no me queda bien me lo dicen sin paños calientes. De modo que les hice caso y me lo llevé también. A esas alturas ya estaba en modo Becky Bloomwood: loca por las compras total.

Loca por las compras
Mi botín del día de compras

Para cuando llegué a H&M estaba en racha. Allí lo que triunfaron fueron los cuadros: me llevé dos faldas de tubo (¡esa sí que no era yo, marcando caderas, cuándo se ha visto!), y un vestido camisero también de cuadros que me encantó. Manga larga, altura por la rodilla, muy ancho. Según algunas opiniones quizá demasiado ancho, pero yo me sentía cómoda con él.

El botín en el armario

Cuando llegué a casa me faltó tiempo para probarme toda la ropa. Y me sentí guapa, sexi y cómoda. Con las faldas de tubo estaba súper contenta, porque son altas de cintura y probé a combinarlas con unas camisetas frikis que tengo, que no me pongo porque me quedan cortas con los vaqueros y me marcan mucho la tripa. Pero por debajo de la falda eso no se ve. Ahora me las pongo cuando me quiero sentir segura de mi misma.

El vestido rojo lo he usado un millón de veces. Que para no gustarme al principio está muy bien. Y el vestido camisero, mi joya de la corona, lo he usado menos porque la verdad, a la hora de lavarlo luego hay que plancharlo y no está mi cadera como para aguantar de pie. (Y que me viene muy bien de excusa porque odio planchar).

¿Becky prestaría su ropa?

La verdad, no sé si Becky de Loca por las compras prestaría su ropa, pero yo me he criado con dos hermanas (una más mayor y otra más pequeña) en una casa en la que no sobraba el dinero, por lo que cuando era pequeña no estrenaba nada (la pequeña aún menos), y cuando crecí no se compraba nada si lo había en casa. Os puedo decir que hasta he llevado ropa de cuando mi madre era joven. Es que ella fue hippy y yo tuve una época newhippy. Qué feliz fui entonces (¿o eran las drogas?).

El caso es que las costumbres se quedan grabadas a fuego. Por eso, cuando mi hermana pequeña comentó que tenía que disfrazarse para un evento de juegos de mesa, no dudamos en ayudarla. Nos enseñó la foto de quién quería ser (el plural incluye a mi otra hermana y a mi madre, el chat de la familia echa humo a veces), y estuvimos dando ideas. Por desgracia (ahora aclararé por qué), le ofrecí el vestido de cuadros.

Sangre por todas partes

El personaje del que iba disfrazada era de un juego tétrico, Mansiones de la locura. Debía llevar un vestido, un delantal por encima, un cuchillo y un rosario enorme. Y estar cubierta de sangre. Sangre por todas partes. Bueno, por todas, todas, no. Por el delantal, en el cuchillo y en la cara.

La sangre falsa se la prestó un amigo, pero se la llevó en el último momento, por lo que no pudo hacer pruebas antes de usarla. Mi sentido de la oportunidad me llevó a decirle, en tono de broma:

—Oye, no me vayas a manchar el vestido con algo que luego no salga, que es nuevo. Ja, ja.

Sí, ja, ja. Era bromi. Cómo me iba a manchar el vestido si la sangre iba en el delantal. El día que tenía que disfrazarse, por la noche, recibí un WhatsApp horrible.

«Ups, hemos tenido un percance con la sangre falsa».

Madre mía, qué nervios. Y yo que no era una loca por las compras, sufriendo ahora por un vestido. Pero es que me lo había puesto dos veces, jolín, que apenas lo había usado. En fin, hice de chica dura (que no se diga), y le dije a mi hermana que no importaba, que esperaríamos a ver si salía la mancha o no.

Loca por las compras
El vestido secándose

La odisea con la sangre

Resulta que la sangre falsa era más líquida de lo que esperaban. Al echarse en el delantal aquello empezó a extenderse, a filtrarse hasta el vestido, a mancharlo todo. Mi hermana se pasó casi toda la noche sin poder tocar prácticamente nada, sin poder guardar nada en los bolsillos porque también se habían llenado de sangre. Y la cara, además de llevar un poco, cada vez que se tocaba se quedaba peor.

Final chicklit: final feliz

Pero todo sufrimiento mereció la pena porque… ¡Ganó el concurso de disfraces! Bueno, hubo un empate con, tachán, tachán, su pareja. Al que le habíamos prestado un perro de peluche de MiniP. Así que entre el perro de MiniP (al que aún no han devuelto porque le han cogido cariño) y mi súper vestido, creo que tengo la victoria moral de ese concurso de disfraces.

Luego tuvimos un día de incertidumbre: el tiempo que estuvimos esperando que secara el vestido. Mi hermana lo lavó a mano y lo estuvo vigilando a cada rato para comprobar que la mancha se hubiera quitado. En mojado parecía que sí, pero podría pasar que al secarse saliera a la luz algún resto de la sangre. Creo que le faltó poco para sacar el microscopio y comprobar si había evidencia de color rojo entre las fibras.

Loca por las compras
Los dos ganadores con sus disfraces

Al final, secó y la mancha desapareció. Y colorín, colorado, la historia de esta loca por las compras… ¿Ha acabado? ¡Pues claro que no! Seguiré prestándole mi ropa a mi hermana cuando lo necesite por la sencilla razón de que ella hace lo mismo por mí. Y aunque sufro por las manchas que no se van, tampoco es el fin del mundo.

Y tú, ¿eres una loca por las compras? ¿Prestas tu ropa o eres como Gollum con su anillo? ¿Has pasado una mala experiencia al prestar tu ropa? ¡Cuéntamelo en los comentarios, ya sabes que soy muy cotilla curiosa!

Y si te gusta el chicklit estoy preparando una súper guía de lectura con 50 (ni una ni dos, ¡50!) novelas que no te querrás perder. Para que te la envíe en cuanto esté lista puedes suscribirte aquí debajo. Además, de vez en cuando te contaré chismorreos. ¿Te lo vas a perder?

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2 thoughts on “Loca por las compras: la historia chicklit de un vestido prestado”

  1. No suelo ser una loca de las compras, al menos de ropa y menos para mí. Ya cuando voy con mi hija ahí… Como no me la tengo que probar yo, que es lo que me da pereza… Con el libro no creo que me anime.
    Besotes!!!

    1. Ay, sí, eso da para otro post. Las veces que he ido de compras y para mí no he cogido nada pero para MiniP le he comprado un armario entero. Es la gran cruz de todas las madres (bueno, una de tantas).
      ¡Besotes!

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